lunes, 11 de febrero de 2008

El tren no ha muerto


Este es el Autoferro cuyo recorrido empieza en Ibarra para llegar hasta Primer Paso, en San Lorenzo.


Al pie del taita Imbabura, volcán adormecido con el paso del tiempo, que ha alojado en su cumbre nubarrones y ha reflejado el color del paisaje andino, ahí, al final de las faldas de tan majestuosa caldera se encuentra Ibarra, una ciudad blanca de casas de adobe y cal, callejuelas de piedra y adoquín, ciudad apacible y nuestra.
Esta localidad es el punto de partida del autoferro, donde empieza un recorrido lleno de naturaleza para disfrutar del paisaje de los Andes, el aire, el sol y la lluvia. Es así que desde el corazón de Ibarra inicia la travesía más excitante del norte ecuatoriano, camino a Primer Paso.
Para viajar en autoferro no es necesario hacer una reservación, únicamente hay que preparar zapatos deportivos, una gorra, un par de gafas y mucha energía.
Es mi primera experiencia en el camino férreo. El trencito se despierta a las 8 de la mañana, calienta los motores y se prepara para mi partida. Entonces, tengo la oportunidad de introducirme en una aventura que durará, aproximadamente, cuatro horas.


El autoferro cruza la ciudad y saluda con su estruendoso pito. A su ritmo los ibarreños, sonrientes, lo saludan con respeto y alegría, no se puede esperar menos ya que este es el más fiel representante del ferrocarril, uno de los medios de transporte más antiguo del país que, cobró vida gracias a la iniciativa de Alfaro hace más o menos un siglo, con el ferrocarril se intentó acortar la distancia marcada de la Costa y la Sierra, se comerciaba y viajaba, con el ferrocarril la patria convivía y subsistía. Al mismo tiempo, con el paso solemne del trencito, correspondo el saludo y agito mi mano desde lo más alto, en la parrilla, donde me siento dueña del mundo.
Mientras el autoferro pasa por las calles se detiene el transito. Puedo saborear las jugosas naranjas que se ostentan en las casetas del tradicional mercado Amazonas, los rayos de sol me muestran una Ibarra vigorosa y en constante desarrollo. Poco a poco la ciudad se pierde entre montaña y montaña y también de a poco se disipa el ruido, me sumerjo en una gama de olores y colores tranquilizantes, adiós ciudad blanca, pronto vuelvo.
Vía a Esmeraldas el autoferro me lleva por un sendero de trigo y mariposas, el viento me acaricia el rostro y el cálido clima de Imbabura me calienta los huesos un poco anquilosados por la labor cotidiana. Realmente me estoy divirtiendo.
Las rieles son las venas de este cuerpo de metal, ruidoso y pesado, por las rieles vuelve a circular la sabia de este mítico caballo que nos lleva al galope mucho más al norte. Antes el trencito cobraba vida con leña y carbón, hoy lo remplaza un motor que intenta ser el marcapasos de un corazón que no quiere dejar de latir, que se aferra a la vida contra el tiempo. El camino de metal y madera, de tierra y piedra se mantiene casi intacto.
Tunas, Sauces Llorones y Berros


Estoy bordeando la carretera a Urcuquí, sobresale el color verde, extensos sembríos de tomate riñón, muchas tunas rojas, listas para saborear, me hacen calle de honor mientras me deslizo a 25 kilómetros por hora.
¡Quiero parar¡ ¡Recolectar tunas¡ el autoferro se detiene y tomo todas las que deseo, como mucho cuidado pues ya me han advertido ‘si me espino la mano el dolor durará todo el día’.
Nuevamente sigo sobre rieles, pequeñas poblaciones de casas pequeñas están a la vista, varios niños corren junto al trencito, agitan sus brazos y me despiden.
¿Qué es ese olor? Que exquisito, es caña de azúcar, erguida, verdosa y amarilla. Cuantos colibríes se bambolean sobre ella, qué danza tan hermosa practican mientras disfrutan el mismo aroma que descubren mis sentidos.
Es una maravilla gozar de la tierra fértil y generosa mientras pequeños riachuelos bordean la ruta; en ellos se desarrollan los berros más apetecidos. De pronto, se me antoja una deliciosa ensalada. Y cuántos pencos, parecen no tener fin. La cordillera de fondo con su color amarillo, planicies y picos que me dan la bienvenida, el paisaje andino no se repite nunca.
Por ello la vía del ferrocarril es distinta a cualquier carretera. Se conoce otro mundo, se experimenta otras sensaciones, el placer de la vida silvestre me embarga el cuerpo, y el vuelo de los pájaros me devuelve el aliento. No hay smog, ni el ensordecedor ruido, por ello el pito del autoferro se escucha desde muy lejos y todos salen de casa para contemplar su trayecto, el pito queda en el espacio por largo tiempo, como un canto, una plegaria.
Mientras tanto sigo mi trayecto, me aproximo al primer puente, realmente no quiero mirar hacia abajo, pero es imposible resistirse, no lo recomiendo. Siento el latido de mi corazón cada vez más acelerado, fluye la adrenalina. El trencito me lleva por un camino muy estrecho y sin nada a los extremos, sólo abismos y más abismos.
Recobro el aliento, adelante continúa la zona verde, grandes cantidades de aguacates cuelgan de los árboles, hay olor a cosecha fresca, acelgas y coliflores, no creí que había tanto en el vientre de la tierra. Es Imbaya otra pequeña población que ostenta sus bellezas, cuando dejamos la zona lentamente se pierde el verdor, los sauces llorones me dicen adiós, me adentro en la oscuridad y lo vertiginoso. Me recibe la boca de un túnel construido hace 70 años, asombrosamente, con pala y pico. Es el momento perfecto para ponerse abrigo, hace mucho frío. El autoferro acelera, no puedo ver nada, sólo se escucha el eco de mis gritos, aferro mis manos a los tubos del trencito, no quiero caerme y no sé donde estoy.
Qué sensación de resistencia y goce. ¿Quiero pasar por otro túnel? Sí, y no hay apuro, hay 17 más por recorrer. El autoferro va más despacio, de nuevo el calor me recorre por las venas, y no tarda en aparecer un túnel hecho de roca pura, las filtraciones de agua natural me mojan por completo, qué frescura, después de tanto calor y viento, esto se asemeja a un baño de reyes.
Continua el paso por estas gargantas de roca, voy más rápido, el tren pita cada vez que ingresa en las fauces de la tierra, es un sonido estremecedor. Paso por el río Lambi que hoy no está muy correntoso.
Valle de memorias junto al río cristalino

Está a la vista el valle de Salinas, población pequeña y calurosa, allí se encuentra la zona más fértil para el desarrollo de los churos, la uña de gato, chupa caballo, plantas medicinales y aromáticas, hortalizas y vegetales. Creo que me ha dado hambre. Pronto estaré llegando a Primer Paso, hay muchos peñascos y zonas arenosas, ya se puede mirar el río Mira, y a lo lejos, una pequeña hostería que ofrece buena gastronomía, paseos en tarabita y visita a cascadas.
Luego de atravesar el último puente llego a Primer Paso, a su costado el Mira, tranquilo y caudaloso, en su ribera crecen tunas, rojas, rojitas, deliciosas, me libero de la ropa y me sumerjo en las oleadas de agua dulce que me devuelven el vigor. Cerca de las orillas está doña María quien preparará mi comida, la negra prende el radio a todo volumen. Me recibe con un colorido espectáculo al bailar bomba con la botella en la cabeza. Luego del baño se me abre más el apetito.
Es tiempo de regresar a Ibarra y el viaje es mucho más rápido, el autoferro alcanza hasta 80 kilómetros por hora, muchos querrán bajar de la parrilla pero yo, me quedaré arriba. No todos los días mis pulmones disfrutan de aire puro y del esplendoroso paisaje que atraviesa la vía férrea.


La noticia

Veámos si esta historia continúa, el Municipio de Quito firmó dos convenios con el Ministerio de Transportes y Obras Públicas y con la Empresa de Ferrocarriles del Estado para rehabilitar el sistema férreo. El Gobierno local a través de la EMOP se comprometió a la reparación de 16 kilómetros entre Chimbacalle y el puente Santa Rosa en Machachi. El otro acuerdo se refiere a la restauración en las estaciones del ferrocarril ubicado en el sur de la ciudad.

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